ORTOTANASIA Y EUTANASIA

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ortotanasia y euranasia
Imagen de Emil Nolde Título: Kranker, Arzt, Tod und Teufel (Enfermo, Médico, Muerte y Diablo)

Hace unos días una joven paciente mía, enferma de cáncer, con la que las terapias poco a poco han dejado de funcionar y con la correspondiente progresión de la enfermedad aunque -y para mí eso es lo esencial- libre de dolores y con una autonomía absoluta, salvo el cansancio que le impide no estar más de una hora buscando con sus hijos los huevos de Pascua por el jardín, visitó a un oncólogo que la informó de que, dado su estado, había tenido que eliminarla de la lista de pacientes a vacunar contra la COVID.  En el transcurso de la conversación le reiteró, como en las últimas visitas, la importancia de que informara a sus hijos pequeños de su estado y se despidiera de ellos, que esa información “se la debe a sus hijos”. Por último, mi colega preguntó a la paciente si quería que le diera visita para el mes siguiente.

Yo no he mentido, a lo largo de más de 30 años de andadura profesional en oncología, jamás a mis pacientes. Siempre les he descrito la situación en la que se encuentran, las posibilidades terapéuticas y lo que de ellas podemos esperar. Ellos conocen su situación gracias a mi descripción, con un lenguaje que sé que pueden entender. Luego elaboran sus pensamientos de forma acorde a sus creencias y cultura. Las conclusiones que ellos sacan de mi JUICIO PRONÓSTICO en muchas ocasiones se acercan a mis creencias médicas y en otras no tanto o nada. Depende de cada paciente. A lo largo de muchos años he aprendido a ser muy prudente pues, equivocarme en mi apreciación, no es una excepción.

El juez, habiendo tenido en cuenta unos hechos, circunstancias etc. y acorde a unas leyes establecidas y concretas – dicta una sentencia que, guste o no al juzgado, tendrá que cumplirse. En medicina el médico hace juicios también, pero las leyes en las que se basa son las de la experiencia médica y la estadística, Según esos conocimientos – absolutamente parciales pues nadie maneja las variables de la naturaleza– puede hacer un juicio pronóstico que, a diferencia de los juicios legales, no debieran suponer ¡NUNCA! una sentencia. A lo sumo, una aproximación a la estadística y a su propia experiencia. Como el ego de la clase médica suele ser grande, cualquier paciente que no cumpla con el juicio pronóstico, puede ser percibido por los profesionales como que han errado en algo muy importante que puede hacer pensar al paciente que él tiene un déficit de conocimiento y generar unas conductas … “peculiares” que lleven a menoscabar su autoridad y prestigio.

Todos los médicos hemos oído hablar de la eutanasia, tan en boga en estos días. Pocos sin embargo conocen el concepto de ortotanasia, definida como “la muerte natural de un enfermo desahuciado sin someterlo a una prolongación inútil de su agonía”. En la eutanasia hay una intervención deliberada para poner fin a la vida bajo la idea del no sufrimiento del paciente, al cual se le presupone incurable.

Mi paciente, por todo lo que la ciencia y la razón nos dice, no es curable, pero ella ¡QUIERE VIVIR! Y no soy yo, un simple médico, quien debe hacer el juicio de lo que ella desea o no. Posiblemente es irracional pensar que puede tener una salida, diferente a la muerte, en el cortísimo plazo. Pero la experiencia de evoluciones sorprendentes y el respeto a la libre decisión que ha tomado un paciente que se encuentra en esta tesitura, conociendo la situación y sin que se le oculte nada, es la misión del médico que trata pacientes y no enfermedades.

Quitarlos de una lista de vacunación, dudar de la necesidad de dar una nueva cita o insistir en la importancia de despedirse de los hijos pequeños, es una forma cruel y miserable de practicar eutanasia en tanto que toda esa información de “lógica” desesperanza para nada ayuda al paciente ni a sus familiares ¡todo lo contrario! La forma de como cada uno de nosotros aborda esta situación es personal y ¡nada ni nadie tiene el derecho de fomentar la desesperanza ni de darnos, en ese momento, una clase magistral y patéticamente teórica sobre “el buen morir”!

La industria farmacéutica nos vende productos, horrorosamente caros, con los que pacientes mejoran los tiempos de supervivencia de 30 a 45 días y eso se acepta generalmente y el sistema de salud está dispuesto a asumir el coste. Poco o nada se dice de cómo han sido esos 30 o 45 días del paciente, sólo hay una cifra, 15 días más, que justifican el uso de esos medicamentos. Puede ser que esto sea correcto. Los avances ahora no serán como cuando se descubrió la penicilina. Son lentos y de “poca” magnitud, pero gracias a ellos avanzamos. En lo referente a la calidad de vida de estos pacientes, apenas se estudia. Sólo cuando hay intereses farmacéuticos que puedan aprovechar de una patente se hacen estudios y por lo general limitados al dolor. Pero estudiar de manera integral todos los métodos que mejoran la calidad de vida de los pacientes que se encuentran en esta situación, respetando la individualidad, haciendo un acompañamiento que vaya más allá de paliar el dolor físico, entendiendo que sufre una persona y no un colon o un páncreas, en una sociedad de personas cultas y con valores, es esencial. Es importante poder estudiar (y subvencionar) todo lo que supone en este ámbito y en calidad de vida, lo correspondiente a esos 15 días de más con los fármacos. Sería lo justo.

No muere un cáncer de colon o de páncreas, ¡muere una persona! con esa enfermedad. Es posible que no podamos hacer ya nada o poco contra una parte del problema, en este caso un cáncer, pero podemos hacer mucho, como médicos, acompañando sin prolongación inútil (lo que es útil o inútil sólo lo decide el paciente) a la persona que está padeciendo, poniendo a su servicio todo lo que sabemos y disponemos, con respeto y empatía, pero partiendo de la ortotanasia, la que nadie conoce, y no de la eutanasia, en boca de todos, a la que, a lo peor, decide llegar el paciente.

Por Santos Martín